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Experiencia


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  • 05 - 05 - 2017
MI QUERIDO ABUELO

                                            MI QUERIDO ABUELO

 Mi abuelo paterno era uno de los hombres más cariñosos, pacientes y tolerante que he conocido. Jamás le oí hacer un comentario negativo de nada ni de nadie, ni siquiera de la guerra, de la que algo sabía porque había estado en la de Cuba. De este país decía que era precioso y que allí se podían comer unos churros tan buenos como los de Madrid, o acaso mejores. Bueno, es que mi abuelo, además de las cualidades mencionadas, era un entusiasta de la buena mesa, lujo que podía permitirse ya que, comiese lo que comiese, lo de ganar peso parecía que no iba con él.

 

El sólo solía ver el lado positivo de las cosas y siempre decía que nunca comprendería a los humanos complicándose la vida inútilmente buscando lo negativo, incluso en las cosas que  no lo había, mientras que lo bueno, que saltaba a la vista y estaba mucho más al alcance de la mano, les pasaba desapercibido. Resumiendo, mi abuelo tenía vista de lince para lo bueno y era un auténtico cegato para todo lo que, según él, pudiese causar más problemas que satisfacciones.

 

Aunque sus hijos vivían en Madrid él, cuando falleció mi abuela y se quedó sólo, prefirió irse a su pueblo, Villamanrique,  en vez de quedarse con sus hijos en Madrid. Para él su pueblo era el lugar más encantador del mundo. Además, según decía, en él había nacido el gran poeta Jorge Manrique. Este hecho, del que él estaba totalmente convencido, no consta en la biografía del ilustre poeta, pero lo que sí parece cierto es que, en efecto, vivió algún tiempo allí, ocupando la casa de su padre D. Rodrigo Manrique.

 

Tuve la grandísima suerte de pasar muchas de mis vacaciones en el pueblo de mi abuelo, y nunca podré agradecerle bastante todo lo que me enseñó, y lo hizo de una forma tan sencilla, sin darle apenas importancia, haciendo que pareciera un juego al que yo siempre estaba deseosa de jugar.

 

Aún recuerdo con cariño algunos de los cuentos que me contaba. Los protagonistas siempre tropezaban con algún problema, animándome a que, en lugar de enfadarme, por ello, les ayudara  a buscar la solución.

 

También, cuando fui mayor, siguió enseñándome a través de sus vivencias o de sus consejos y así, y sin que yo me apercibiera, me inculcó un firme positivismo que me ha ayudado a enfrentarme con valentía,  entereza y hasta incluso con optimismo, a los escollos que han surgido a lo largo de mi vida.

 

Cuando somos estudiantes nos enseñan muchas cosas pero, que yo recuerde, no hay ninguna asignatura que te enseñe a vivir y creo que debería ser la más importante. La alegría y la felicidad son contagiosas, pero también lo son el mal humor y la tristeza.  Olvidemos las dos últimas y hagamos derroche de las primeras. Os aseguro que, si lo logramos, nos sentiremos satisfechos porque con ello, aún sin saberlo, habremos contribuido a hacer un mundo un poco mejor.

 Me gustaría retar a todo el que me lea a intentarlo. Cuando haga presa en vosotros la tristeza, echar la vista atrás y recordar los buenos momentos de vuestra vida. Ya veréis como esto os animará. Hay una canción que dice que “RECORDAR ES VOLVER A VIVIR” y, en mi caso, puedo aseguraros que es verdad, aunque no lo es menos que he cumplido tantos años que puede que muchas veces confunda lo soñado con la realidad.

 

Querido abuelo, no te has ido, sigues estando a mi lado, y lo estarás mientras yo viva, porque ocupas un lugar muy importante dentro de mi corazón.